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Víctor Aquiles Jiménez H Ha leído usted el diario de Anna Frank? Terrible. Vuélvalo a leer. Escribir para niños es muy difícil para los adultos porque se requiere mucha sinceridad y amor. Los niños no aceptan la hipocresía y los mensajes corruptos de sus mayores en las malas historias.
No hay verdaderos cuentos ni escritores idóneos para niños. Nunca los ha habido. Sólo historias tétricas y sórdidas escritas por y para adultos que hablan de niños torpes, ingenuos, digeribles y apecibles sexualmente por lobos y gigantes, materia prima para feísimas brujas además. Hasta la Edad Media en Europa se ignoraba que la niñez fuera una etapa transitiva a la madurez y vejez, convencidos que los niños eran personas pequeñas solamente. En pocas palabras, no había niños. Desgraciadamente hoy en día vamos para lo mismo, en retroceso, porque hay quienes consideran a los niños como un elemento de segunda o tercera categoría, un pequeño animal de competencia feroz y agresivo que debe comerse a los demás y a sí mismo. Hay un deseo inconsciente de acabar con la niñez prematuramente, al tiempo que nadie acepta la madurez y menos la vejez. Es triste ver a las mujeres intentando por todos los medios y artilugios verse siempre niñas; siendo las primeras en preferir descolgarse del columpio de la infancia. Precisamente por no haber soñado y deleitado la imaginación a tiempo, geneneraciones de adultos son niños envejecidos que actúan como tales y que confunden la verdadera realidad con el submundo. Max Ophul, un escritor y cineasta francés dijo un día: “Un hombre de experiencia es un niño destruido”. ¡Qué enorme verdad! ¿Cuántos niños mueren y matan empuñando un arma? ¿Cuántas dulces e inocentes niñas, mocositas aún, arrastrando un hermanito de la mano y con muñecas de trapos colgando debajo de sus brazos deben prostituirse para alimentarlos y para poder llevar algo a sus hogares? ¡Cuántos otros serán raptados y sacrificados sólo para el tráfico de sus órganos! Esto es en el universo de los pobres, en el llamado Tercer Mundo. Pero ¿cuántos niños en los países industrializados y desarrollados se ahogan de dolor por la falta de amor de sus padres casuales a los que raramente ven? Padres y madres que engendran hijos sin asumir lo que significa el acople que dará descendencia a la pasión. Niños fríos, lejanos que tratan a sus madres y a las mujeres como estropajos, necesarias sólo para satisfacerse en ellas emulando a sus padres. Estos serán excelentes soldados en una guerra sin cuartel cuando se les convoque a matar y morir por valores que no alcanzan a comprender. Nuestra moderna sociedad hoy en día nos presenta a multitudes de adultos jóvenes, sin ilusión, sumidos cuando no en la violencia o las drogas. Ellos no han leído un cuento jamás, es más, no recuerdan uno solo. Han pasado de la niñez inmediatamente a la etapa adulta y actúan de acuerdo al modelo de sociedad que reciben, no sueñan, sólo tienen pesadillas. Ya nadie tiene tiempo para los niños, del vientre a las nanas o guarderías, a la escuela, a la vida y a la desilusión. Los pájaros hoy en día ya no cantan para ellos que con los oídos taponeados de música y ritmo escuchan sólo los gritos de guerra de ánimas tenebrosas y lúgubres en las umbrías de las calles. Los animales domésticos son un adorno de peluche, o películas de dibujo animado para los más pequeñitos, incapaces de decidir todavía. Los verdaderos animales domésticos de hoy son sus agresores, animales de presa, asesinos o portadores de mortales plagas. Los viejos duendes de ayer han mutado a diversos monstruos: momias, vampiros, zombies etcétera, a casos de polstergeist, de fantasmas vengativos, a extraterrestres y a asesinos enloquecidos y demoníacos. Hoy, los viejos duendes, magos, brujas y hadas se han jublidado en una casa de olvido que nadie quiere alquilar, ni siquiera el más idealista de los escritores. Por eso, por no dedicarle tiempo a los niños, por no practicar el sano arte de entusiasmarles con relatos y avivar el ingenio, aprovechando la atención que ellos prestan con alegría a los cuentos se pierde la oportunidad de transmitirles normas, enseñanzas y sabiduría, reglas de convivencia y amor porque no hay mejor edad para aprender que en la tierna infancia. Sólo así comprenderemos por qué niños y jóvenes en cualquier lugar del mundo son capaces de asesinar a sus compañeros a balazos o a acuchillarlos. Es terrible pensar en envejecer sin haber sido nunca niño. Esta es la causa de la pérdida de memoria de los viejos que al repasar su primera etapa de la vida la encuentran en blanco. Comienzan hacer esfuerzo por recordar su pasado y se pierden indifinidamente por vericuetos de los que nunca saldrán. No hay demencia senil ni alzeimer, sino que falta de infancia. Víctor Aquiles Jiménez H |